roskilde2025

Roskilde 2026

Un año más, la primera semana de julio devuelve al equipo de Musicazul a Roskilde, esa tierra prometida particular que sólo entienden del todo quienes la han pisado alguna vez. Como manda la tradición, hicimos parada previa en Copenhague para reencontrarnos con viejos amigos y dejarnos caer por el Warpigs y The Moose, mientras comentábamos los nervios y la curiosidad por la gran novedad de esta edición: el nuevo escenario Orange, un 25% más grande que el anterior y en el que la organización se ha dejado nada menos que 10 millones de euros, con la vista puesta en poder acoger las producciones hoy ya faraónicas de los grupos que querría seguir atrayendo en años venideros. Con esa curiosidad a cuestas, pusimos rumbo al camping con ganas de que empezaran los conciertos.

Miércoles 1 de julio

Antes de la música, la organización nos regaló un recorrido por las obras artísticas y reivindicativas de este año, entre ellas la performance de Dorotea Saykaly & Emil Dam en el escenario Platform, la obra “Who’s gonna do the dirty jobs when everyone is equal?” de Anna Walther, el puente en forma de caracol elevado sobre el camping “The Long Way Around” de Jesse Darling, los cuernos de cabra cercanos al lago “Who gets the blame and for what?” de Noah Holtegaard, la “Slop Plot machine” de Essen Hook o el arte en lana de Hedestrik. Aunque no sea la razón por la que venimos al festival, ni probablemente lo que más interese a los lectores de nuestra crónica, poder apreciar estas obras de arte moderno y escuchar de boca de los propios artistas lo que intentan transmitir es uno de esos lujos que uno acaba dando por sentados en Roskilde, y no debería, pues es una dimensión que raramente se puede vivir en otros festivales y es parte integral del espíritu de Roskilde, como festival sin ánimo de lucro.

Musicalmente, abrimos el día en el Arena con el afrobeat de Pa Salieu. Sin ser expertos en su particular propuesta rapera supuso una buena primera piedra de toque. Como nota curiosa, nos topamos con Greta Thunberg a apenas dos metros, entre el público y sin un solo guardaespaldas a la vista… algo sencillamente inimaginable en España para una figura de semejante reconocimiento, pero los países nórdicos son definitivamente distintos. De ahí saltamos al Orange para ver a Wolf Alice, que cumplieron con nota sin llegar a arrebatarnos del todo, pero fue nuestra primera experiencia con el remozado Orange… y la verdad es que la diferencia de tamaño se nota, aunque “solo” sea del 25%. Luego a The Sophs en el Fauna, presentando su primer y reciente disco ‘GOLDSTAR’. Su sonido con claros aires a Weezer o The Strokes (pero con mejor actitud) nos ganó por completo y nos sirvió como el mejor aperitivo para el plato fuerte del día: The Cure en el Orange. Séptima vez de los de Robert Smith en Roskilde y, de largo, el mejor concierto del día. Un sonido mayúsculo, hit tras hit, con la voz de Smith intacta como la de un veinteañero y el bajo de Simon Gallup atronando bajo los pies. Abrieron con «Plainsong» y «Pictures of You» y fueron encadenando «Lovesong», «Just Like Heaven», «A Forest» o una «Disintegration» sobrecogedora, antes de un bis apoteósico que se despidió con «Friday I’m in Love», «Close to Me» y «Boys Don’t Cry». Mayúsculos. Tras ellos, para rematar una primera jornada bastante notable, los suecos Monolord en el Lagune nos deleitaron con su rock pesado de la más pura estirpe de Black Sabbath, lo que supuso una gran continuación al show de The Cure y nos dejó con ganas de más para los días venideros.

Jueves 2 de julio

El día se levantó lluvioso, tan lluvioso que, aun pertrechados con chubasquero y botas de agua, costaba pensar en conciertos, pero ya estamos curtidos en estas lides en tierras Roskildianas y nunca hay que desfallecer a pesar del temporal. Cuando por fin dejó de diluviar, hacia las 4.30 de la tarde, se acercaba el turno de Royel Otis en el Arena, uno de los nombres que traíamos subrayados en rojo. Y con razón: público joven entregadísimo, melodías contagiosas y un par de versiones que lo bordaron —el «Linger» de The Cranberries y un descarado «Murder on the Dancefloor» de Sophie Ellis-Bextor—, pero por supuesto también con canciones propias que ya van camino de ser himnos, tales como “Oysters In My Pocket”, “Sofa King” o “Kool Aid”. Claramente influenciados por grupos como Modest Mouse, The War on Drugs, MGMT o Clap Your Hands Say Yeah!, van a ser cabeza de cartel de festivales independientes muy pronto. Si no llegó a concierto de 10, se quedaría en un 9,5 como poco.

Acto seguido, Ecca Vandal descargó toda su adrenalina en el Lagune con una propuesta difícil de encasillar, que lo mismo bebe de Beastie Boys como de Björk o Deftones. Verdadera energía punk electrizante. Más tarde, Ethel Cain en un Arena sorprendentemente lleno para una artista que probablemente luzca más en un recinto cerrado y oscuro; sobre un escenario cubierto de arbustos y hojarasca firmó un concierto emotivo e hipnótico, en la línea a la que nos tiene ya acostumbrados. Y la verdad es que mostró muchas tablas en un escenario tan grande y abierto para su íntima propuesta musical. Chapeu.

Y entonces llegó el momento polémico del festival. Mientras Uncle Acid & The Deadbeats empezaban a desplegar su psicodelia en el Lagune, la organización los interrumpió y canceló de forma abrupta, sin dar explicación alguna… explicación que no tardó en llegar de boca del propio grupo en sus redes: al parecer, Gorillaz —y la «diva pop de Damon Albarn»— se habían quejado de que su sonido les molestaba durante su propia actuación en el Orange, y aun ofreciéndose Uncle Acid a tocar más bajo, la organización no encontró mejor solución que cortarlos en seco. Si nunca fuimos devotos de Damon Albarn ni de ninguno de sus múltiples proyectos, un gesto así de poco respetuoso con otros colegas de profesión lo manda directo a nuestra lista de vetados. Nunca entendimos por qué toca en Roskilde año sí y año también, y no nos importaría no volver a verlo jamás por tierras danesas.

Nos repusimos del disgusto con KNEECAP en el Arena, que trajeron toda su rabia antisistema y el ya consabido parón para reivindicar la libertad de Palestina, seña de identidad de la banda. Pero hay que decir que, aunque comulguemos con ellos en lo político, cuesta no pensar que también se benefician en demasía de ello, pues musicalmente ni han sido ni serán Rage Against The Machine; nos dejaron a medio camino entre el «no están mal» y el «probablemente sobrevalorados». Aguantamos hasta las dos de la madrugada para terminar, de nuevo en el Arena, con Brutalismus 3000, y el dúo berlinés sí que hizo honor a su nombre: una actuación brutal, con un sonido atronador, a golpe de beats implacables que mantuvieron la carpa en un permanente mover de cabezas hasta que casi empezaba a asomar el sol por el nuevo día.

Viernes 3 de julio

Si el jueves se levantó lluvioso, el viernes amaneció con un viento como no habíamos visto jamás, literalmente. Según la organización, fue el día más ventoso de toda la historia de Roskilde, con rachas de hasta 76 km/h. Poco importó; reconvertimos los chubasqueros en cortavientos y abrimos el día con Folk Bitch Trio en el Fauna. Las australianas sonaron estupendas, con retazos similares a sus compañeros de sello musical Sharon Van Etten, Angel Olsen o Bon Iver, para que os hagáis una idea.

Tras ellas, la (para algunos) sorpresa de la jornada, Getdown Services en el Lagune. Un dúo británico divertidísimo, a medio camino entre LCD Soundsystem, Dan Deacon y Justice, que acabaron prácticamente en calzoncillos y montaron una fiesta sin igual, rematada con el «One More Time» de Daft Punk sonando por los altavoces, que nunca sobra. Escuchamos luego un par de canciones de Sierra Ferrell en el Arena —sonó muy bien, todo hay que decirlo—, pero el contraste con la verbena de Getdown Services era demasiado brusco, así que nos fuimos a por los mancunianos Maruja al Fauna. Su shoegaze fue una transición mucho más lógica, y, con un primer disco publicado apenas el año pasado (‘Pain To Power’), habrá que seguirlos muy de cerca, pues dejaron excelentes sensaciones entre el público.

Más tarde, primera visita del año al Eos para ver a los pakistaníes Rizwan-Muazzam Qawwali, una de esas cosas que sólo se pueden vivir en Roskilde. Estandartes de la música qawwali, fue inevitable acordarse de los mejores cantaores del flamenco patrio al escucharlos; tras verlos, cobran nuevo sentido esos reportajes que sitúan el origen del pueblo gitano en la India, porque ciertamente los parecidos son evidentes.

Y llegó el turno para Addison Rae al Orange. Se podrían decir muchas cosas —que estaba abarrotado, que la adolescencia allí congregada se lo pasó en grande—, pero la realidad es que quizá fue el peor concierto que hayamos presenciado en todos nuestros años de festival (muy a la par del bochornoso show de The Strokes de hace unos años). La americana dio un espectáculo de todo menos musical: hipersexualizado, con bailarines por todas partes, sin banda a la vista y, pecado del todo imperdonable, con un playback grosero como pocos. Si ésta es la modernidad que también encabeza carteles como el del Primavera Sound, paren, que me bajo. Una aberración “no-musical” en un festival de música.

El contraste no pudo ser mayor pasando acto seguido a David Byrne en el Arena. El ex líder de Talking Heads, una de las figuras más respetadas e innovadoras que ha dado la música, trajo una coreografía descomunal: él y toda la banda vestidos con un mono azul, moviéndose por el escenario con sus propios instrumentos —percusiones incluidas— en una puesta en escena sencillamente maravillosa. Arrancó con «Heaven» y fue desgranando «And She Was», «This Must Be the Place (Naive Melody)» o una «Once in a Lifetime» que puso el pelo de punta, con las imágenes de la triple pantalla jugando un papel tan importante como la propia música. Por supuesto, las más coreadas fueron «Psycho Killer» y una «Burning Down the House» que llegó tras casi dos minutos de ovación y que pareció abrumar al mismísimo artista (y no es para menos…el Arena reventaba incluso por fuera de la carpa, seríamos unas 25.000-30.000 almas disfrutando del mejor concierto del festival hasta la fecha). Nos dolió perdernos a Los Thuthanaka, a quienes un cambio de última hora hizo coincidir de lleno con Byrne, pero nada que reprocharnos: lo vivido fue mayúsculo.

Y para cerrar, en lugar de penar con Jennie tras lo vivido con Addison Rae, nos fuimos a por ritmos africanos con los congoleños Kin’gongolo Kiniata, que nos mantuvieron en danza hasta el fin de fiesta con Poison Ruïn en el Gloria, donde los americanos descargaron toda la potencia de su punk metalero para mantenernos despiertos hasta bien entrada la madrugada.

Sábado 4 de julio

Y, como cabía imaginar, tras la lluvia y el viento llegó el sol cegador, porque Roskilde es un festival de contrastes donde uno haría bien en presentarse siempre con botas de agua, pantalón corto, chubasquero y gafas de sol con gorra, todo a la vez. Empezamos viendo de lejos a TV-2, glorias danesas que llevaban más de veinte años sin pisar Roskilde y que, como era de esperar, llenaron el Orange a rebosar pese al solazo.

De ahí nos fuimos al Eos a por la cumbia psicodélica de los peruanos Los Mirlos, otra de esas experiencias impensables fuera de aquí y, sin ninguna duda, el concierto sorpresa del festival. Llegábamos con interés, pero jamás imaginamos la fiesta que se montó (con la ayuda inestimable del público hispano, unos servidores incluidos): felicidad, amistad, música cautivadora y buenrollismo generalizado se mezclaron entre congas y bailes en círculo hasta hacer imposible cualquier crónica detallada. Había que estar allí para vivirlo. Los Mirlos, desde hoy, siempre en mi equipo. Si podéis, no dudéis en acercaros a verlos en Madrid, donde tocan dentro de nada, pues estamos seguros de que nos los agradeceréis.

Después, The Callous Daoboys en el Fauna sonaron como los mejores Deftones de la época de Around the Fur: cañeros, originales y muy muy buenos. Liderados por Carson «Big Animal» Pace, que no dudó en tirarse al público y cantar mientras era sostenido por las manos del público de las primeras filas, desgranaron muchos temas de su último álbum ‘I Don’t Want To See You In Heaven’. “Two-Headed Trout” o “Distracted By The Mona Lisa” sonaron particularmente potentes. Y luego Igorrr en el Lagune descargó un sonido ensordecedor, cuajado de doble bombo y voces guturales curiosamente entremezcladas con otras que bien podrían escucharse en una ópera; decididamente interesante la propuesta del francés.

Llegaba luego uno de los platos fuertes, Lily Allen en el Orange, y he de reconocer que nos dejó a medias, aunque por motivos muy distintos a los de Addison Rae: aquí no había ni bailarines ni playback, y Lily cantó de verdad y bien. El problema fue otro. El show consistió en desgranar tema a tema su último disco, West End Girl, escrito en respuesta a su ruptura con el actor David Harbour. No se le puede acusar de ser falsa —el concierto de hecho exudó crudeza por los cuatro costados, con lágrimas por la mejilla en ciertos momentos que no parecían fingidas—, pero lo que permite a una canción conectar con quien la escucha es cierto grado de vaguedad, ese hueco donde cada uno mete su propia historia. Y aquí no lo había: uno escuchaba a Lily como quien oye a su mejor amiga despotricar dos horas de lo canalla que fue su ex, y de todos los engaños sexuales y deseos sexuales específicos de su antiguo amante. Da pena, claro, pero es difícil llevar esas letras tan específicas a otro sitio que no sea su propio desamor. Que no es que sea la primera en hacerlo —¿Shakira, sin ir más lejos? — ni que ande el pop-rock escaso de canciones de ruptura y desamores, pero esto quizás sea demasiado. Esperemos, eso sí, que el próximo álbum haya dejado atrás para siempre este capítulo tan gris.

Nos repusimos con Panda Bear & Sonic Boom en el Eos. Con apenas unas pantallas y muy pocas luces, levantaron una atmósfera tan envolvente que nos hicieron reclutas de su próximo disco, que no estará en plataformas de streaming como forma de protesta contra los algoritmos prefabricados y en defensa de experiencias más buscadas y reales. Y, para terminar, en vez de penar con Zara Larsson, nos quedamos viendo el concierto entero de Sorry en el Fauna. Los ingleses trajeron su rock alternativo con el aviso previo de crónicas como la del NME, que aseguraban que su mística nunca había sido tan grande ni ellos tan interesantes. Y hay que darles la razón. No llegaron a la altura de The Cure o David Byrne, ni a la sorpresa mayúscula de Los Mirlos, pero los ponemos sin dudarlo al nivel de Royel Otis. Una manera estupenda de cerrar el festival.

Y así, concluimos nuestros cinco días anuales, esos en los que la magia de la música de todo el mundo, las amistades labradas alrededor de ella durante años y el acogimiento de un país y un público tan singulares se entremezclan con una intensidad que hace inevitable estar pensando ya en Roskilde 2027. Sólo quedan 360 días… ¡Nos vemos allí!

Texto: Daniel Herranz
Fotografías: Stiig Hougesen (Roskilde)